(10 de noviembre de 2010)
¿Donde quedan los sueños de los que no se animan a dar un paso? Piano, piano, se va lontano. Dulces melodías podríamos componer con las teclas que dibujan nuestras almas. Para todo hay que jugarse…
Jugar es vivir. Mientras muchos adultos se encapsulan pensando, la alta presión robó sus ganas de jugar. Preocupaciones sin sentido estructuran el porvenir. La sociedad de consumo exige más e impone una figura perfecta, casi inalcanzable. Envase descartable.
¿Qué sucede cuando perdemos el rumbo? Cuando nos sentamos en la mesa a discutir cosas banales y de este tiempo. Cuando nos sacan las ganas de disfrutar cada alegría, cada momento de felicidad, estamos perdidos.
¿Quién sabe si comprenderán mis caras, mis gestos, mis respuestas? ¿Quién sabe si alguna vez entenderán para que estamos en este mundo? Para tomar decisiones. Para ir tras nuestros deseos. Para no quedarnos en el camino. Para no enfriarnos.
Jugar nos hace humanos. Porque nos permite relacionarnos, compartir, reír. Pero jugar es arriesgar. No es la perfección. Es tirar nuevamente las cartas. Es elegir. Decir si. Decir no. No es lo mismo elegir un número que otro. Pero, en el momento de decidir, uno no siempre está seguro. Igual jugamos, para que siga la ronda.
Algunas veces dudamos, nos equivocamos. ¿Quién no ha roto alguna vez las reglas? ¿Y quién no ha pensado que hubiera sido mejor tirar la otra carta? Pero para todo existe solución. Siempre estamos a tiempo de empezar una nueva partida.
Hay personas que se pierden de vivir muchas alegrías por no jugarse a tiempo. ¿Quién sabe por qué deciden ser ellos mismos cuando el tren está partiendo? ¿Será cobardía? ¿Será miedo? ¿Será orgullo? ¿O será histeria? Son muchas cosas que nunca sabremos.
A veces es mejor dejar de medir cuanto amor damos, cuanto nos dan, quién cede más. ¿Quién sabe? ¿Puede medirse? La idea es no sentirse a prueba. La idea es probar. Total después las consecuencias son las mismas. Somos felices, sufrimos. Nada ni nadie nos salva de eso, porque eso es vivir!
Y si no vivimos, nos quedamos con la angustia de no haberlo intentado siquiera. De no haber tenido las fuerzas y la firmeza para decidir. De no entregarnos. De la agonía que deja aquello que puede ser y no es. De no permitirse jugar. Lejos de la felicidad.
También puede pasar que entre cadenas, alfileres, dados y prohibiciones; se vaya alejando el tren. ¿Y si dejamos de hilar fino? ¿Y si dejamos de contenernos? ¿Y si dejamos de pensar? ¿Y si empezamos a dudar? ¿Y si queremos escaparnos? ¿Y si mejor jugamos? ¿Y si vivimos?
Aunque sea tarde, siempre es bueno jugarse por lo que uno quiere. Bajar la cabeza y darnos cuenta lo que perdimos por no valorar. Por presumir. Jugarse puede abrir un diálogo a la reflexión. A una nueva vida de la que somos nosotros mismos los protagonistas, y no lo que todos quieren que seamos.
No dejes que ese tren vuelva a partir… jugate conmigo!
Mili V.

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